En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo
Terminando el ciclo litúrgico del tiempo Pascual, retomamos el del Tiempo Ordinario, y lo hacemos en este quicio dominical entre ambos, final de uno y comienzo del otro, donde miramos con asombro y reverencia al centro de la Revelación Cristiana: el Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un solo Dios. Este es el final del Evangelio de Mateo, un final solemne donde Jesús reúne en un monte a sus discípulos. Y aquellos que le abandonaron y le negaron hoy se postran porque reconocen que en Él se trasparenta el rostro de Dios. Y Jesús les manda una misión que va a llenar de sentido la vida de aquellos hombres, una misión que les hace Iglesia, comunidad que se hace y se realiza en la tarea de anunciar la Buena Noticia. Es una misión que trasciende también al pueblo de Israel, es una misión universal que pretende no adoctrinar sino entrar en la dinámica del Reino, en la dinámica de la vida de Dios, en la intimidad de Dios que se nos da en el Bautismo. Es el Dios que se nos revela como Creador y Padre, es el Dios que se revela como solidaridad total con el ser humano: se hizo humanidad, se hizo historia y referente de seguimiento. Y se nos revela como Espíritu, energía, fuerza de Dios que nos guía y anima a realizar en nuestra realidad el Reinado de Dios, el sueño de Dios de transformar este mundo. Y, el versículo final, nos recuerda algo a lo que hacía referencia el libro del Deuteronomio, él está, sigue estando en la historia, de otra manera, pero es un Dios presente. Con estas lecturas celebramos hoy la fiesta del Dios Trinitario.
La Trinidad nos recuerda que el «yo» y los «otros» son expresiones que alejan la fraternidad (FT 35). La humanidad de Jesús nos recuerda –como hemos dicho– que ya formamos parte de ese «nosotros, nosotras» que nos vincula con el Dios Trinitario que es «comunión» y genera los lazos de fraternidad entre los seres humanos, que, además, vivimos en una casa común (FT 17). La invitación de ese Dios es a relacionarnos con Él con vínculos de familia, llamarle Padre y que esa relación crezca en la fraternidad con los demás, nos vincula el amor de Dios que se nos da en el Espíritu y nos hacemos, nos realizamos en Dios y nos realizamos en el encuentro con los demás. Afianzar el «nosotros y nosotras», es cuidar la vida comunitaria, cuidar la comunión, y «hoy más que nunca» mostrar en la Iglesia y fuera que es posible otro mundo donde el Reino se hace presente anticipado y como propuesta y en un espacio nada fácil que es la diversidad. El tema segundo del sínodo nos recuerda, en su título, que estamos «Reunidos e invitados por la Trinidad». Como nos dice ese documento síntesis del sínodo: «El Padre, con el envío del Hijo y el don del Espíritu Santo, nos introduce en un dinamismo de comunión y misión que nos hace pasar del “yo” al “nosotros” y nos pone al servicio del mundo» (2, a). No son tiempos de autorreferencialidades, no son tiempos de macar las diferencias y las distancias, son tiempos de, en la diversidad, buscar caminos juntos y juntas
COMENTARIOS:
- Miguel Ángel Munárriz: Parábola del Padre, la Palabra y el Viento. El punto de partida es siempre Jesús.
- José Luis Sicre: Fiesta de la Santísima Trinidad. Ciclo B. Esta fiesta surge bastante tarde, en 1334, y fue el Papa Juan XII quien la instituyó. Quizá para contrarrestar a grupos heréticos que negaban la divinidad de Jesús o la del Espíritu Santo.
- Enrique Martínez Lozano: Todos los días. Sospecho que incluso las personas más mentales y más escépticas, en algún momento, intuyen que hay algo más de lo que la mente es capaz de percibir.
- José Antonio Pagola: Lo esencial del credo. A lo largo de los siglos, los teólogos cristianos han elaborado profundos estudios sobre la Trinidad.
- Mª Luisa Paret: Trinidad. Bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Símbolos que se refieren a las experiencias de la vida que han sido olvidadas. Formulaciones que requieren ser abiertas y traducidas de nuevo.
- Fidel Aizpurúa: Algunos vacilaban. La duda siempre acompaña al que cree. Y si no está presente, malo: una fe sin fisuras, sin el temblor de la duda, es una fe peligrosa, amenazada de fanatismo.
