Esto es Eucaristía: convocados y convocadas como cuerpo vivo del Cristo Vivificado y entregado para que percibamos y celebremos que no nos rescata de un dios cruel y tenebroso, sino que nos rescata de la tiniebla y crueldad que anida en nosotros mismos cuando nos queremos afirmar, caiga quien caiga.Sin Eucaristía no puede haber recintos en los que se muestre que hay motivos para seguir esperando en este mundo tan desquiciado, porque ella nos libra del orgullo, de la dureza de corazón y de nuestros ensimismamientos.
Sin Eucaristía no hay Iglesia, no hay comunidad que desea configurarse con Jesús. Cada vez que compartimos el pan y vino, su cuerpo y su sangre, su vida, nos hace mejores personas, nos hace participar de su persona y su causa. La Eucaristía es Presencia vivificante que nos lleva a descubrir la Presencia en el “donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre”, que nos lleva a aliviar su Presencia en el sufrimiento del abatido, en el “a mi me lo hicisteis”, a percibir su Presencia allá donde el Espíritu Vivificador nos sigue conduciendo.
Cada vez que recibimos el Pan de Vida, Jesús viene a dar un nuevo sentido a nuestras fragilidades. Nos recuerda que a sus ojos somos más valiosos de lo que pensamos. Nos dice que se complace si compartimos con Él nuestras fragilidades. Nos repite que su misericordia no teme nuestras miserias. Y, sobre todo, nos cura con amor de aquellas fragilidades que no podemos curar por nosotros mismos. […] La Eucaristía sana porque nos une a Jesús: nos hace asimilar su manera de vivir, su capacidad de partirse y entregarse a los hermanos, de responder al mal con el bien. Nos da el valor de salir de nosotros mismos y de inclinarnos con amor hacia la fragilidad de los demás. Como hace Dios con nosotros. Esta es la lógica de la Eucaristía: recibimos a Jesús que nos ama y sana nuestras fragilidades para amar a los demás y ayudarles en sus fragilidades.
Fidel Aizpurúa: Tomó el pan… tomó el vino y se lo dio. Me parece que el evangelio que hemos leído viene a decir que el pan cambia cuando se da. Desde ese momento, al ser un pan ofrecido, como la vida misma de Jesús, el pan cambió.