El Evangelio de este domingo (VII domingo del Tiempo Ordinario C) nos pone frente a un reto que va más allá de la lógica humana: amar a los enemigos, hacer el bien a quienes nos odian, bendecir a los que nos maldicen. Jesús nos pide que rompamos la cadena del odio y la venganza con la fuerza más poderosa: el amor. No es un amor sentimental, sino una decisión firme de querer el bien del otro, incluso cuando nos ha hecho daño. Esto es lo que Jesús hizo en la cruz: no respondió al mal con más mal, sino con el perdón y la misericordia.
El Señor nos invita a vivir con generosidad, sin cálculos ni intereses ocultos. Nos dice: “Tratad a los demás como queréis que ellos os traten.” Si solo amamos a quienes nos aman y hacemos favores solo a quienes pueden devolvérnoslos, ¿qué mérito tiene? Amar al estilo de Dios significa dar sin esperar nada a cambio, perdonar sin límites y ser compasivos incluso con quienes no lo merecen. Así es como reflejamos la imagen de nuestro Padre, que es bueno con todos, incluso con los ingratos y malvados.
Este Evangelio nos llama a vivir de otra manera. No podemos esperar que el mundo cambie si nosotros no damos el primer paso. Si queremos una sociedad más justa y fraterna, empecemos por practicar el perdón, la generosidad y la misericordia en nuestra vida cotidiana. Dios nos promete que todo lo que demos, lo recibiremos multiplicado. No tengamos miedo de amar sin medida, porque ese es el amor con el que Dios nos ama a nosotros.
Fidel Aizpurúa: Sed misericordiosos. Creemos que la justicia excluye a la misericordia. Pero el gran éxito de las relaciones humanas es ser justos y misericordiosos a la vez.