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Robertus Kardi 03 Enero 2026 592

“ El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros ”


En este segundo domingo de Navidad, la Iglesia nos propone un evangelio (cfr. Juan 1,1-18) con un tono distinto al que solemos escuchar en este tiempo. No encontramos un portal, ni pastores, ni ángeles. San Juan no nos cuenta el nacimiento de Jesús como un relato, sino como un misterio profundo: “En el principio existía la Palabra”. Y quizá, al escucharlo, podemos pensar: ¿esto qué tiene que ver con mi vida, con lo que yo vivo cada día?

Mucho más de lo que parece.

Juan comienza diciendo que Jesús es la Palabra (el Verbo). Una palabra no es solo un sonido: una palabra comunica, expresa lo que alguien lleva dentro, crea relación. Dios no se ha quedado en silencio. Dios ha hablado. Y su Palabra no es una idea ni una norma: es una persona. Jesús. Esto significa que Dios quiere comunicarse con nosotros, acercarse, hacerse entender, entrar en diálogo con nuestra vida concreta.

Y esa Palabra, dice el evangelio, “se hizo carne y habitó entre nosotros”. No se hizo apariencia ni visitante ocasional. Se hizo carne: fragilidad, cansancio, alegría, lágrimas, trabajo, familia, amistad. Dios no ha tenido miedo de nuestra humanidad. No ha venido desde arriba dando órdenes, sino desde abajo compartiendo la vida.

Esto es muy importante para nosotros. A veces pensamos que Dios está lejos, que no entiende lo que nos pasa, que nuestras preocupaciones son demasiado pequeñas o demasiado humanas. Pero la Navidad nos recuerda que Dios conoce nuestra vida desde dentro. Conoce nuestras dudas, nuestras heridas, nuestros miedos, nuestras esperanzas. Nada de lo nuestro le es ajeno.

Juan también dice algo muy realista: “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron”. Jesús viene, pero no siempre lo acogemos. A veces porque estamos distraídos, otras porque tenemos el corazón cerrado, otras porque preferimos otras luces más llamativas. La Navidad puede quedarse en tradiciones, comidas, regalos… cosas buenas, pero que pueden dejarnos vacíos si olvidamos lo esencial.

Pero el evangelio no se queda ahí. Añade una frase llena de esperanza: “Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios”. No dice a los perfectos, ni a los fuertes, ni a los que nunca fallan. Dice: a los que lo reciben. Recibir a Jesús es abrirle un espacio en la vida, dejarle entrar tal como estamos, con lo que somos hoy.

Ser hijos de Dios no es un título bonito, es una forma nueva de vivir: sabernos queridos, acompañados, amados, sostenidos incluso en los momentos difíciles. Vivir como hijos cambia la manera de mirar la vida, de tratar a los demás, de afrontar el sufrimiento y también la alegría.

Y termina el evangelio diciendo que Jesús viene lleno de gracia y de verdad. Gracia: regalo, amor que no se compra ni se merece. Verdad: luz que nos ayuda a vivir con sentido, sin engañarnos. En un mundo con tantas palabras vacías, Jesús es la Palabra que da vida. En un mundo con tantas sombras, Él es la luz que no se apaga.

En este tiempo de Navidad, pidamos algo sencillo pero profundo: aprender a acoger. Acoger a Dios en lo cotidiano, en lo pequeño, en lo que no brilla. Acoger su Palabra, dejar que nos hable, que nos consuele, que nos cuestione. Y desde ahí, ser también nosotros palabra de esperanza, de cercanía y de luz para los demás.

 

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