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Robertus Kardi 10 Enero 2026 549

“Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”


En este domingo celebramos el Bautismo del Señor. Con esta fiesta se cierra el tiempo de Navidad y se abre el camino de la vida pública de Jesús. El Evangelio que hemos escuchado es breve, sencillo, pero lleno de un misterio muy grande y profundo.

Hemos escuchado que Jesús viene desde Galilea hasta el Jordán para que Juan lo bautice. Y esto ya nos sorprende –; Juan se sorprende. Juan predica un bautismo de conversión, para pecadores. Y Jesús no es un pecador. Por eso Juan le dice a Jesús: “Soy yo el que necesita ser bautizado por ti”. Juan reconoce quién es Jesús: el más fuerte, el Santo de Dios. Pero Jesús insiste: “Déjalo ahora; conviene que así cumplamos toda justicia”.

Con estas palabras, Jesús nos dice algo muy importante: Él no viene a ponerse por encima, sino a estar con nosotros, en medio de nosotros. No viene como juez, sino como hermano. No se separa de los pecadores, sino que se une a ellos para salvarlos desde dentro, no desde fuera: entra en la realidad humana, comparte sus heridas y camina con ellos, porque la salvación no llega con juicios ni desde la distancia, sino con cercanía, amor y misericordia… Jesús entra en el agua del Jordán como uno más, compartiendo la condición humana hasta el fondo. Es un gesto de humildad profunda. El Hijo de Dios baja, se abaja, se mezcla con su pueblo.

Cuando Jesús sale del agua, ocurre algo extraordinario. Se abren los cielos. Esto significa que la distancia entre Dios y la humanidad queda rota. El cielo ya no está cerrado. Dios no está lejos. En Jesús, Dios se acerca definitivamente a nosotros, está con nosotros.

Luego aparece el Espíritu Santo, que baja en forma de paloma. La paloma nos recuerda el comienzo de la creación, cuando el Espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas. Aquí comienza una nueva creación. Jesús es ungido por el Espíritu para su misión. No actúa solo: toda su vida, sus palabras, sus gestos, estarán guiados por el Espíritu.

Y finalmente se oye la voz del Padre: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». No es una voz para Jesús solamente; es una revelación para todos. Dios Padre nos dice quién es Jesús: no solo un profeta, no solo un maestro, sino su Hijo amado. Antes de que Jesús haga ningún milagro, antes de que predique, antes de que sea aceptado o rechazado, el Padre ya lo llama “Hijo amado”. Su identidad nace del amor del Padre.

Este momento es una verdadera manifestación de Dios: el Hijo en el Jordán, el Espíritu que desciende, el Padre que habla. Es una luz que nos ayuda a comprender quién es Jesús y qué tipo de Mesías es: un Mesías humilde, cercano, lleno del Espíritu, profundamente amado por el Padre.

Al final, este Evangelio nos deja una pequeña luz para nuestra vida. Jesús, al entrar en el agua, ha querido recorrer nuestro camino. Y la voz que lo llama “Hijo amado” nos recuerda que también nosotros, por el bautismo, somos hijos amados de Dios. No por nuestros méritos, sino por pura gracia.

Jesús empieza su misión escuchando al Padre decirle que lo ama. Y desde ahí sale a servir, a sanar, a perdonar, a entregar la vida. También nosotros solo podemos vivir como cristianos si recordamos que somos amados… Nuestro bautismo no es solo un rito, sino el inicio de una vida nueva: somos hijos e hijas amados de Dios, enviados a caminar con los demás, a tender la mano, a perdonar y a construir puentes de paz.

 

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