Skip to main content
Robertus Kardi 15 Enero 2026 606

“Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”


Estamos en el segundo domingo del tiempo ordinario, ciclo A, y el Evangelio de la liturgia de hoy nos presenta una escena en la que Juan el Bautista ve a Jesús acercarse hacia él y pronuncia unas palabras que muchos de nosotros conocemos: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Juan, en su misión, no se pone en el centro. No habla de sí mismo. Señala a otro. Su misión es clara: ayudar a reconocer a Jesús. Él sabe que no es la luz, sino el que da testimonio de la luz.

Juan llama a Jesús Cordero de Dios. Para la gente de entonces, el cordero recordaba el sacrificio, la Pascua, la liberación. Decir que Jesús es el Cordero de Dios significa que Él carga con nuestro pecado, con nuestras heridas, con nuestra debilidad. No viene a condenar, sino a salvar. No viene con violencia, sino con mansedumbre. No viene a aplastar, sino a levantar.

Y fijémonos bien: Juan dice que quita el pecado del mundo, no solo los pecados individuales. Jesús viene a sanar lo que está roto en el corazón humano, pero también lo que está roto en nuestras relaciones, en la sociedad, en el mundo entero. Donde hay egoísmo, violencia, indiferencia, Jesús quiere llevar perdón, misericordia y vida nueva.

Juan también reconoce algo muy importante: “Yo no lo conocía.” Esto nos puede sorprender. Juan era un hombre de Dios, un profeta, y sin embargo confiesa que no conocía del todo a Jesús. Lo fue descubriendo poco a poco, escuchando a Dios, dejándose guiar por el Espíritu. Esto nos pasa también a nosotros. A Jesús no se le conoce de una vez para siempre. Se le conoce caminando con Él, rezando, cayendo y levantándose, viviendo la vida de cada día.

Y el signo que confirma quién es Jesús es el Espíritu Santo que baja y permanece sobre Él. No pasa de largo, permanece. Jesús es el Hijo amado del Padre, lleno del Espíritu, el que nos bautiza con Espíritu Santo. Es decir, quien nos da una vida nueva desde dentro, quien poco a poco va transformando nuestro corazón y nuestra manera de vivir.

Este Evangelio nos invita hoy a dos cosas muy concretas. Primero, a mirar a Jesús. En medio de tantas voces, problemas y preocupaciones, volver a fijar los ojos en Él, el Cordero que nos muestra el amor de Dios. No se trata solo de saber cosas sobre Él, sino de mirarlo con el corazón, dejar que su manera de amar nos toque, nos transforme la vida.  Segundo, a dar testimonio, como Juan. Basta vivir con humildad, con gestos sencillos y sinceros, con coherencia y con amor, para que otros puedan descubrir al Señor en nosotros.

 

COMENTARIOS

¿Te ha gustado este artículo?

compártelo