Este domingo el Evangelio nos narra un relato que no deja de ser sorprendente. Jesús fue rechazado precisamente en su propio pueblo, entre aquellos que creían conocerlo mejor que nadie. Llega a Nazaret, acompañado de sus discípulos, y nadie sale a su encuentro, como sucede a veces en otros lugares. Jesús se siente «despreciado»: los suyos no le aceptan como portador del mensaje y de la salvación de Dios. Se han hecho una idea de su vecino Jesús y se resisten a abrirse al misterio que se encierra en su persona. ¿Cómo estamos acogiendo a Jesús los que nos creemos «suyos»?
Vicente Martínez: Un sabio con “autoritas”. El fundamento de la relacioìn meìdico-enfermo en el cristianismo es una modalidad de la amistad cristiana entre los hombres. Jesús la ejerció porque hablaba de lo que por personal experiencia conocía.
Fray Marcos: Porque le conocían, lo rechazan. Hoy, sabemos que es el Mesías, el Hijo de Dios. Pero el Jesús que alcanzó plenitud humana y nos abrió el camino de la divinidad, no nos interesa.
Inma Eibe: Profetas en nuestra tierra. Siguen existiendo. Dios no deja de constituir profetas que le anuncian y realizan signos en su nombre. También hoy, en nuestra tierra.