La Transfiguración del Señor plantea una cuestión que es vital en el cristianismo: la fe es para los apóstoles algo luminoso, como una inmensa alegría, que nadie les podrá robar. Si una persona, joven o mayor, experimenta la alegría de la fe, ya no la pierde nunca jamás. Sin embargo, según los expertos, uno de los datos más preocupantes de la sociedad moderna es la "pérdida de referentes". Todos lo podemos comprobar: la religión va perdiendo fuerza en las conciencias; se va diluyendo la moral tradicional; ya no se sabe a ciencia cierta quién puede poseer las claves que orienten la existencia. Bastantes educadores no saben qué decir ni en nombre de quién hablar a sus alumnos acerca de la vida. Los padres no saben qué "herencia espiritual" dejar a sus hijos. La cultura se va transformando en modas sucesivas. Los valores del pasado interesan menos que la información de lo inmediato. Es fácil constatar ya algunas consecuencias. Algunos viven con una "personalidad prestada", alimentándose de la cultura de la información. Hay quienes buscan algún sucedáneo en las sectas o adentrándose en el mundo seductor de lo "virtual". Por otra parte, son cada vez más los que viven perdidos. No tienen meta ni proyecto. Pronto se convierten en presa fácil de cualquiera que pueda satisfacer sus deseos inmediatos. Necesitamos reaccionar. Vivir con un corazón más atento a la verdad última de la vida; detenernos para escuchar las necesidades más hondas de nuestro ser; sintonizar con nuestro verdadero yo. Tal vez entonces hagamos un espacio mayor a Dios. Es difícil vivir sin escuchar una voz que ponga luz y esperanza en nuestro corazón.
José Luis Sicre: La anticipación del triunfo de Jesús y de nuestro triunfo. Lucas nos invita a contemplar una escena centrada en el rostro de Jesús. Es un anticipo de las apariciones de Cristo resucitado, cuando su rostro es difícil de identificar para María Magdalena, los dos de Emaús y los discípulos en el lago.
José Antonio Pagola: Escuchar a Jesús. Los cristianos de todos los tiempos se han sentido atraídos por la escena llamada tradicionalmente «la transfiguración del Señor».
Guadalupe Labrador: Llevamos el gen de la transfiguración en nuestro ser. Llevamos en nosotros el gen de la transfiguración, que nos invita continuamente a dejar la imagen, las apariencias, para poner la mirada en lo alto. A traspasar realidad cotidiana y ver en ella lo esencial de nuestro ser.