El Evangelio de este domingo, viene como anillo al dedo a la sociedad que vivimos, la codicia es un grave pecado; por más que se nade en la riqueza, la vida no consiste en la abundancia de bienes. La desmedida avaricia, que se produce en tantos sectores y situaciones, resquebraja, la unidad de la comunidad cristiana y la propia espiritualidad del ser humano. Conviene advertir que Jesús no condena la riqueza en si misma, sino el afán de acumular bienes sin tener en cuenta las necesidades de otros. Estamos sufriendo es una "crisis de ambición": los países ricos, los grandes bancos, los poderosos de la tierra..., sueñan con acumular bienestar sin límite alguno y olvidando cada vez más a los que se hunden en la pobreza y el hambre. Ante ello, no es difícil escuchar la voz de Dios en el fondo de nuestras conciencias: "Basta ya de tanta insensatez y tanta insolidaridad cruel". Hay que apostar por un cambio profundo de nuestro estilo de vida: hemos de vivir de manera más austera; hemos de compartir más nuestro bienestar. De poco vale afanarse en trabajar de solo a sol y acumular riquezas, si cuando menos se piensa llega la muerte y el avaro se presenta sin nada ante el Señor Dios. Busquemos el verdadero tesoro: Dios.
José Luis Sicre: Dos sabios ante la riqueza. Jesús advierte del peligro de la codicia y de pensar que la abundancia de bienes garantiza la vida. Esta enseñanza la justifica, como es frecuente en él, con una parábola.
José Antonio Pagola: Contra la insensatez. Desde la Iglesia de Jesús, presente en toda la Tierra, se debería escuchar el clamor de sus seguidores contra tanta insensatez.
Enrique Martínez Lozano: ¿Dónde pongo la seguridad?La codicia esconde necesidad, más o menos enfermiza, de seguridad. Dado que el ser humano no puede renunciar a la seguridad, la cuestión es saber dónde la ponemos.