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Ivanildo Quaresma 25 Julio 2019 1638

Cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden


En el Evangelio de este domingo, Jesús se dirige a Dios llamándole “mi Padre”. Esto era totalmente nuevo. Nadie ha mostrado un solo caso en el que una persona individual haya tenido en Israel la osadía de dirigirse a Dios para decirle: padre mío. Más aún. Cuando Jesús se dirigía a Dios su Padre, usa la palabra aramea ABBA. Y esta palabra estaba en los sonidos balbucientes de los niños. “Cuando un niño experimenta el gusto del trigo, es decir, se le desteta, aprende a decir “Abbá” e Imma” es decir, “papá y mamá” (Talmud). Para una mentalidad judía había sido algo impensable, irreverente, incluso escandaloso, el llamar a Dios con esta familiaridad. Y fue algo nuevo e inaudito que Jesús se atreviera a hablar con Dios con la simplicidad, intimidad y confianza que un niño habla con su Padre. “Abbá es una palabra que supone una revelación” (J. Jeremías). Y es como la punta de un Iceberg, de una experiencia única. Jesús ha estado orando. Lo que nos transmite es parte de su propia experiencia. Cuando Jesús venía de la oración !se le notaba! ¡Claro que se le notaba! El rostro de Jesús quedaba transfigurado, mucho más que el de Moisés cuando descendía de la Montaña. Por otra parte, cuando Jesús venía de orar, se derretía de ternura, de dulzura, de amabilidad. Jesús es la puerta”. No busquemos llamar en otras puertas. Es la puerta que nos lleva a la intimidad con el Padre y, desde ahí, a una sana y auténtica fraternidad. “Todos vosotros sois hermanos”. (Mt. 23,8) La fraternidad es la gran fiesta de la vida. No de una manera apática, indiferente, sino apasionada. “Como busca la cierva corrientes de agua” (Sal. 42) Una cierva atormentada por el agua y con sus crías, busca vitalmente el agua. Para ella beber es vivir y dejar de beber es morir.

 

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