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Robertus Kardi 19 Marzo 2021 4325

HA LLEGADO LA HORA DE QUE SEA GLORIFICADO EL HIJO DEL HOMBRE


El Evangelio de este domingo nos cuenta un episodio sucedido en los últimos días de la vida de Jesús. La escena se desarrolla en Jerusalén, donde Él se encuentra por la fiesta de la Pascua hebrea. Para esta celebración, habían llegado también algunos griegos; se trata de hombres animados por sentimientos religiosos, atraídos por la fe del pueblo hebreo y que, habiendo escuchado hablar de este gran profeta, se acercaron a Felipe, uno de los doce apóstoles y le dijeron: «Señor, queremos ver a Jesús» . Juan resalta esta frase, centrada en el verbo ver, que en el vocabulario del evangelista significa ir más allá de las apariencias para recoger el misterio de una persona. El verbo que utiliza Juan, «ver» es llegar hasta el corazón, llegar con la vista, con la comprensión hasta lo íntimo de la persona, dentro de la persona.

La reacción de Jesús es sorprendente. Él no responde con un «sí» o con un «no», sino que dice: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre» . Estas palabras, que parecen a primera vista ignorar la pregunta de aquellos griegos, en realidad dan la verdadera respuesta, porque quien quiere conocer a Jesús debe mirar dentro de la cruz, donde se revela su gloria. Mirar dentro de la cruz. El Evangelio de hoy nos invita a dirigir nuestra mirada hacia el crucifijo, que no es un objeto ornamental o un accesorio para vestir —¡a veces manido!— sino que es un símbolo religioso para contemplar y comprender. En la imagen de Jesús crucificado se desvela el misterio de la muerte del hijo como supremo acto de amor, fuente de vida y de salvación para la humanidad de todos los tiempos. En sus llagas fuimos curados.

Y para explicar el significado de su muerte y resurrección, Jesús se sirve de una imagen y dice «si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto». Quiere hacer entender que su caso extremo —es decir, la cruz, muerte y resurrección— es un acto de fecundidad —sus llagas nos han curado—, una fecundidad que dará fruto para muchos. Así se compara a sí mismo con el grano de trigo que pudriéndose en la tierra genera nueva vida. Con la Encarnación, Jesús vino a la tierra; pero eso no basta: Él debe también morir, para rescatar a los hombres de la esclavitud del pecado y darles una nueva vida reconciliada en el amor. He dicho «para rescatar a los hombres»: pero, para rescatar a mí, a ti, a todos nosotros, a cada uno de nosotros, Él pagó ese precio. Este es el misterio de Cristo. Ve hacia sus llagas. Entra, contempla; ve a Jesús, pero desde dentro.

Y este dinamismo del grano de trigo, cumplido en Jesús, debe realizarse también en nosotros sus discípulos: estamos llamados a hacer nuestra esa ley pascual del perder la vida para recibirla nueva y eterna. ¿Y qué significa perder la vida? Es decir, ¿qué significa ser el grano de trigo? Significa pensar menos en sí mismos, en los intereses personales y saber «ver» e ir al encuentro de las necesidades de nuestro prójimo, especialmente de los últimos. Cumplir con alegría obras de caridad hacia los que sufren en el cuerpo y en el espíritu es el modo más auténtico de vivir el Evangelio, es el fundamento necesario para que nuestras comunidades crezcan en la fraternidad y en la acogida recíproca.

 

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