En el evangelio de este segundo domingo de Navidad (C), el evangelista Juan, en lenguaje poético, nos habla de los orígenes de Jesús y de su venida hacia nosotros. San Juan nos presenta en el prólogo del Evangelio un movimiento: la presencia de Dios en nuestra historia. Dios nos busca y nos indica el camino de salvación. Con este llegar hasta nosotros, quiere levantarnos. Con esta presencia del Hijo en nuestro mundo, quiere que todos redescubramos nuestra condición de hijos e hijas muy amados. Jesús es el Enviado de Dios, su Palabra por excelencia, que vino a este mundo para hacernos conocer al Padre. De este modo, este tiempo de Navidad es una oportunidad para dejarnos envolver por el Misterio de Dios; porque Él, siendo grande se hizo pequeño, rompiendo con nuestras pretensiones; porque Él, que siendo rico se hizo pobre, nos invita a ser agradecidos y a moderar nuestros deseos; porque Él, que siendo Dios se hizo hombre, ha proclamado la cercanía y la proximidad como características propias de la naturaleza divina… así ha decidido confiar y creer en nosotros, no por nuestros méritos sino por pura iniciativa suya. Ante el amor de Dios, que no tiene límites, vivamos nuestra fe con una actitud de docilidad para ser sus instrumentos y para darlo a conocer, anunciando con nuestra vida, con nuestra manera de ser y de actuar que el Señor es el Dios vivo hecho Carne, que puso su ‘tienda’ entre nosotros y que está a nuestro lado.
José Antonio Pagola: Dios entre nosotros. Una de las grandes contradicciones de los cristianos es confesar con entusiasmo la encarnación de Dios y olvidar luego que Cristo está en medio de nosotros.