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P. Carlos Collantes sx 01 Julio 2024 8053

35. Valores para la paz


Décadas de neoliberalismo -escribíamos en el artículo anterior- han minado el tejido comunitario y socavado, en el ámbito cultural y político, determinados valores sociales como la solidaridad, la empatía, la compasión, incluso la esperanza; de ahí la necesidad de reconstruir los vínculos y los valores.

Tenemos delante el desafío de reconstruir valores fraternos que hagan posible un futuro digno para todos, que hagan surgir un tiempo de esperanza frente al tiempo del descaro y de la arrogancia neoliberal que ha campado a sus anchas durante estas últimas cuatro décadas. De lo contrario, la paz será imposible. Se trata de rehacer una alianza por la vida y la paz dado que el neoliberalismo como sistema global: ideológico, económico y cultural es enemigo de la vida y de la paz.

Leemos en Génesis 4: “La sangre de tu hermano me está gritando desde la tierra…” Es como si desde el principio los dos gritos surgieran unidos: la fraternidad rota y la comunión con la tierra degradada; porque al romperse la fraternidad y la comunión entre las personas se rompe el equilibrio y la armonía con la creación. Estamos unidos por un destino común y compartido.

Reconstruir vínculos

Unos capítulos más adelante encontramos el relato del diluvio y del arco iris (Gn 9). Hagamos una lectura simbólica del fenómeno natural que aparece en el cielo tras una lluvia intensa. Podría ser el símbolo de un hermoso y deseado arco de paz que reaparece después de tiempos de desconcierto, de incertidumbre; tiempos -como los nuestros- en los que la vida está siendo amenazada sea por el diluvio del neoliberalismo, sea por peligrosos virus: el covid-19, sí; pero antes otros virus, claramente relacionados con ese sistema global inhumano, como son los virus de la injusticia, del hambre, del individualismo, de la indiferencia.

¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano”? (Gn 4,9) Tal vez esta frase sea la primera expresión de la indiferencia que oculta el drama de la ruptura del vínculo de fraternidad. Un pretexto que atraviesa toda la historia de la humanidad. El arco iris supone una interpelación permanente a reconstruir vínculos y alianzas, a tejer la paz en nuestras relaciones y en las relaciones entre pueblos y con la tierra. Un desafío.

El individualismo RADICAL -políticamente hablando- fue formulado de manera dura por M. Thatcher: “la sociedad no existe, existen los individuos”. La frase no era un simple slogan, fue y es una afirmación, pronunciada sin pudor, del credo neoliberal más inhumano; fue y es un proyecto: había que eliminar todo aquello que pudiera fundamentar una sociedad justa, igualitaria, solidaria, fraterna. Palabras estas últimas que suenan -en muchos oídos neoliberales- a música celestial para ingenuos; y sin embargo son realidades y actitudes “terrenas”, es decir, actitudes muy necesarias para convivir como iguales en nuestra tierra, para crecer juntos, para ser humanos, para construir una “tierra habitable” en la que todos quepamos compartiendo recursos, tareas y responsabilidades en el nombre de la común e igual dignidad.

Los amos del capital

Había que fragmentar los vínculos que nos unen a un proyecto compartido de verdadero desarrollo humano sustentado sobre el respeto de los derechos de todos, particularmente de los más frágiles. Había que deslegitimar el sentido de nuestro estar juntos en la sociedad, la cohesión social; por eso era “necesario” comenzar diciendo que la sociedad no existe. Pura y dura ideología neoliberal. Ha surgido así un individuo desligado de todo vínculo, cada vez más cerrado sobre sí mismo, más insensible, y en último término más frágil e indefenso.

Desde entonces el neoliberalismo no ha provocado más que destrozos inmensos en la dignidad de los empobrecidos y en la naturaleza, en la convivencia y en una economía y política sanas al servicio del bien común. Las políticas neoliberales se fundamentan en una determinada concepción del ser humano y en una visión cultural, si cultura podemos llamar a la mera yuxtaposición de individuos persiguiendo cada uno de manera insolidaria y egoísta sus propios intereses, sin importarles la suerte del otro. El tigre nunca será vegetariano, el capitalismo nunca irá contra su propia naturaleza. El Papa llega a decir que hay visiones antropológicas y lógicas económicas fundamentadas en ellas “capaces de matar”. (FT 22 y 24. EG 53)

La globalización en su vertiente neoliberal ha dejado a sociedades enteras maltrechas y empobrecidas, incapacitadas para controlar dimensiones importantes de su propio destino y futuro (J. Stiglitz). Los amos del capital imponen sus particulares intereses a gobiernos y grupos políticos, y como consecuencia a poblaciones enteras. Lo estamos viendo con las eléctricas en nuestro país. Intereses opuestos a la protección social, a salarios dignos, a sanidad y educación de calidad para todos, a una fiscalidad justa y progresiva y a un sistema financiero regulado por los poderes públicos democráticos y al servicio de los ciudadanos.

Somos personas

“… hoy -escribe el Papa- se pretende reducir las personas a individuos, fácilmente dominables por poderes que miran a intereses espurios. La buena política busca caminos de construcción de comunidades en los distintos niveles de la vida social, en orden a reequilibrar y reorientar la globalización para evitar sus efectos disgregantes”. (FT 182)

No es lo mismo hablar de persona que de individuo, porque hablar de persona -tal y como el cristianismo la concibe- significa hablar de relación, de inclusión, de dignidad única e inviolable; nada que ver, por tanto, con el individualismo y la indiferencia, con la exclusión y la explotación. La fe cristiana siempre ha sostenido que la persona es un fin en sí misma, jamás un instrumento valorable en función de su utilidad o rentabilidad; y la persona está hecha para convivir en sociedad donde todos tienen la misma dignidad.

Si queremos construir una sociedad basada en relaciones de fraternidad que conduzcan a la paz tendremos que hacernos cargo los unos de los otros, también de la creación. Algo que en estos últimos tiempos marcados por la pandemia ha aparecido con mayor evidencia y urgencia.

Vínculos y pertenencia

En el mundo actual los sentimientos de pertenencia a una misma humanidad se debilitan, y el sueño de construir juntos la justicia y la paz parece una utopía de otras épocas. Vemos cómo impera una indiferencia cómoda, fría y globalizada, hija de una profunda desilusión que se esconde detrás del engaño de una ilusión: creer que podemos ser todopoderosos y olvidar que estamos todos en la misma barca. Este desengaño que deja atrás los grandes valores fraternos lleva «a una especie de cinismo. […] El aislamiento y la cerrazón en uno mismo o en los propios intereses jamás son el camino para devolver esperanza y obrar una renovación, sino que es la cercanía, la cultura del encuentro. El aislamiento, no; cercanía, sí. Cultura del enfrentamiento, no; cultura del encuentro, sí»” (FT 30).

Fraternidad, solidaridad y esperanza se refuerzan mutuamente y crean un ambiente cultural positivo porque favorecen la cultura del encuentro y del diálogo, de la acogida y la inclusión. Son un antídoto a la cultura de la indiferencia y del descarte. La justicia y la compasión unidas, y una libertad inseparable de la fraternidad son valores evangélicos, profundamente humanos y humanizadores que nos invitan a abrir el corazón. Con estos y otros valores como la confianza, la empatía y la firme conciencia de la igualdad, podremos reconstruir el tejido comunitario y rehacer los vínculos sabiéndonos los unos responsables de los otros.

Somos diferentes y al mismo tiempo iguales. No podemos confundir la diferencia con la desigualdad. La diferencia es un hecho, la igualdad un derecho. Por eso no se pueden utilizar las diferencias para justificar las desigualdades y levantar obstáculos en la construcción de la paz.

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