36. IGUALES, SOLIDARIOS, FRATERNOS
“Se necesita una comunidad que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante. ¡Qué importante es soñar juntos! […] Soñemos como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos.” (FT 8)
Hablamos de justicia conmutativa, distributiva, social, y en la raíz de todas ellas está la justicia antropológica, es decir, lo debido a cada persona por el hecho de ser persona y poseer una dignidad inalienable. Esta justicia radical es el fundamento de todos los derechos y deberes. (FT 106-107)
Iguales en dignidad
Escribíamos en el artículo anterior que no podemos confundir la diferencia con la desigualdad. Cuando hablamos de diferencia nos situamos en el ámbito de los hechos, la diferencia es un término descriptivo mientras que cuando hablamos de igualdad estamos hablando de derechos, de valores y estamos diciendo que todos somos iguales en dignidad. La diferencia es un hecho, la igualdad un derecho. Por eso, las diferencias nunca pueden servir de coartada para justificar las desigualdades ya que la igualdad tiene que ver con la común dignidad de toda persona.
La solidaridad se va tejiendo sobre la firme convicción de esta común dignidad, de suerte que la igualdad fundamental de todos constituye el trasfondo y el tejido de la solidaridad y cuestiona la búsqueda egoísta -individual o colectiva- de los propios intereses.
Los diferentes no son desiguales, la igualdad es compatible con el respeto de la diferencia. Ambas: igualdad y diferencia son legítimas y pertenecen al proyecto de Dios, mientras que las desigualdades son productos económicos, sociales, culturales creados por el hombre. Los diferentes son iguales en dignidad y por tanto en derechos. Se trata de distinguir bien los niveles: el de los hechos -lo dado- que hay que acoger, respetar, y el de los principios o ideales que hay que defender y proteger.
Los neoliberales y los neoconservadores no soportan la “doctrina de la igualdad”; es como si fuera una herejía inaceptable que nos viene de los primeros cristianos.
Desigualdad y violencia
Las enormes desigualdades económicas -que han aumentado durante la pandemia- son manifestaciones de una violencia estructural, generada y mantenida por el sistema neoliberal imperante que tanta exclusión provoca y tanto desajuste genera en el funcionamiento de las sociedades. La desigualdad es un claro caldo de cultivo de violencia siendo ella, en sí misma, violencia, al violentar la común dignidad de todas las personas. Por eso la igualdad es camino hacia la paz.
“… lo que nos está salvando no son los mantras del capitalismo y del neoliberalismo: el lucro, la competencia, el individualismo, la explotación ilimitada de la naturaleza, la exigencia de un Estado mínimo y la centralidad del mercado… Lo que nos está salvando es el valor central de la vida, la solidaridad, la interdependencia de todos con todos, el cuidado de la naturaleza, un Estado bien pertrechado para atender las demandas sociales, especialmente las de los más necesitados, la cohesión de la sociedad por encima del mercado… nuestra cultura ha creado un proyecto irracional de crecimiento ilimitado como si los bienes y servicios de la Tierra fuesen también ilimitados”. (L Boff)
La igualdad es una realidad clave que permite a la unidad y diversidad relacionarse de manera equilibrada y armoniosa. La diversidad nos enriquece y la convivencia fraterna se teje con las diversidades asumidas creativamente. Con frecuencia no es la diversidad la que dificulta el encuentro y la comunión sino el apego a nuestros puntos de vista siempre limitados, a nuestras parciales visiones de la realidad, a nuestros miedos frente a quien es diferente o a tantos intereses, sobre todo de grupo.
Filiación divina
La fraternidad cristiana va más allá de la igualdad. Ya en el AT encontramos un mensaje claro: “No te cierres a tu propia carne” (Isaías 58,7), a tu igual aun cuando sea diferente. La razón humana puede llegar a comprender y asumir la igualdad fundamentada en la común dignidad de la persona, pero no llega a captar la profundidad de la fraternidad, su raíz última, porque la última y más profunda justificación de la fraternidad es la común filiación divina: somos hijos e hijas del mismo Dios y este es el último fundamento de la fraternidad, y también de la igualdad. Por eso decimos que la razón se queda corta para entender y justificar la fraternidad; más todavía si pensamos en la encarnación del Hijo de Dios y sus palabras: lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos pequeños a mí lo hicisteis…, en la identificación que Jesús proclama con los más vulnerables. La fraternidad cristiana ofrece un fundamento más radical a la igualdad. (FT 272)
La igualdad es el resultado del cultivo consciente y pedagógico de la fraternidad. De suerte que cultivar de manera decidida y consciente la fraternidad nos ayuda a crecer en un profundo convencimiento de la igualdad. La voluntad política de fraternidad se traduce en valores como una educación para la fraternidad, para el diálogo, para el descubrimiento de la reciprocidad y el enriquecimiento mutuo, por eso nos recuerda el Papa que la fraternidad tiene algo positivo que ofrecer a la libertad y a la igualdad. (FT 103-105)
La xenofobia es una expresión, visible o sutil, de violencia por cuanto tiene de desprecio y rechazo del otro diferente. Sin embargo, el sufrimiento del otro nos interpela, nos urge a volvernos cercanos, nos invita a superar diferencias y a atravesar barreras culturales y económico-sociales.
Raíces y esperanza
Existen en nuestra cultura estrategias contrarias a la esperanza y la solidaridad. La insistencia de la cultura posmoderna en el momento presente -presentismo- sirve para encubrir otras dimensiones de nuestra realidad. Es como si no existiera un antes y un después, como si no tuviéramos unas raíces, una historia colectiva; como si no pudiéramos soñar -y luchar- con un futuro digno y más justo. Esta insistencia unilateral en el presente puede devaluar el pasado y neutralizar el futuro.
Devaluar el pasado significa, entre otras cosas, silenciar la historia de tantas víctimas o los costes humanos del llamado progreso; significa olvidar tantas luchas humanas que han hecho posible el presente.
Además, si esta actitud cultural pretende neutralizar el futuro, ¿qué les queda a los empobrecidos? ¿También eso se les quiere robar: las legítimas exigencias de un futuro mejor y más humano? ¿Y qué pasa con la esperanza? Si no existe el futuro se les roba el estímulo de caminar, la sed de una vida mejor, los sueños. ¿Y qué pasa con la solidaridad o con la comunidad? Si no existe un horizonte hacia el que nos dirigimos, ¿qué sentido tiene caminar juntos, organizarse en torno a una causa común? ¿Dónde queda el sentido de superación y el anhelo de vivir?
“La paz real y duradera -escribe el Papa- solo es posible desde una ética global de solidaridad y cooperación al servicio de un futuro plasmado por la interdependencia y la corresponsabilidad entre toda la familia humana.” (FT 127) No podemos construir solos la esperanza, necesitamos mantener vivos los vínculos, el sentido de pertenencia, necesitamos la comunidad, porque “… la vida subsiste donde hay vínculo, comunión, fraternidad”. Necesitamos acoger y potenciar las capacidades sociales del otro y generar valores que favorezcan la convivencia y la paz.
Los sueños son siempre peligrosos para aquellos que defienden el statu quo porque cuestionan la parálisis que el egoísmo del fuerte o el conformismo del débil quieren imponer. (Mensaje del Papa a los Movimientos Populares)
Dios también sueña y su sueño: una humanidad reconciliada, solidaria y fraterna, nos mantiene despiertos. ¿Cómo ir realizando ese sueño con nuestras vidas?
