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P. Carlos Collantes sx 13 Septiembre 2024 7944

37. LA PAZ COMIENZA EN EL CORAZÓN


¡Cuánto dolor hay en nuestro mundo! ¡Cuánta impotencia sentimos en nuestro actuar, en nuestros buenos deseos! Y, sin embargo, hay una Presencia Bondadosa -en ella creemos- que transfigura todo el dolor del mundo y que nos empuja a seguir soñando, a seguir luchando, que nos acompaña y reconforta, que camina en nuestras luchas y esperanzas.

Con frecuencia lo inhumano invade lo cotidiano. ¡Hay tantas vidas obligadas por guerras, hambrunas, injusticias, intereses de los poderosos, lógicas económicas destructoras… a vivir en situaciones de inhumanidad! Pero si de verdad creemos que la historia, a pesar de todos sus dramas, ha sido visitada por Dios en su hijo Jesucristo no podemos bajar los brazos. Las bienaventuranzas tienen mucho de inyección de aliento y de esperanza al tiempo que son una invitación a la lucha y al compromiso.

El bien es una poderosa energía que se expande, y lo hace de forma discreta (Mateo 13, 31-33); es una energía llena de amor que envuelve todo, destruyendo el mal desde dentro con la fuerza serena de la misma bondad. Hacer el bien está a nuestro alcance.

Cuando parece que no hay esperanzas de paz seguimos confiando en el poder de la oración. Una dimensión de la oración es acoger el AMOR DE DIOS como una energía creadora, que busca despertar en nosotros capacidades adormecidas en la lucha contra toda forma de mal, empezando por el propio.

Desarmar el corazón

La paz es un anhelo arraigado e imborrable en el corazón humano, una nostalgia de un mundo reconciliado, un deseo profundo de relaciones sanas y armoniosas, una esperanza siempre presente, un camino arduo en medio de tanto conflicto e intereses, una conversión siempre necesaria. Una utopía.

Sabemos que existen estructuras injustas que encadenan vidas humanas, y los cambios necesarios en toda estructura injusta requieren un cambio previo de los corazones. La paz exige trabajar el propio corazón, moldearlo con las actitudes de Cristo, suplicarlo también en la oración: “Señor, crea en mi un corazón puro…” Y trabajar el propio corazón significa liberarlo de miedos, desarmarlo de la agresividad que se infiltra; si las guerras comienzan en el corazón, también la paz. Deponer toda violencia infiltrada en nuestros pensamientos, o expresada en palabras y gestos.

Cuando alguien se siente amenazado desconfía, se repliega sobre sí mismo, vive en situación de alerta preventiva. La desconfianza y el miedo aumentan la fragilidad de las relaciones humanas.

Sabemos que la guerra a menudo comienza por la intolerancia a la diversidad del otro, lo que fomenta el deseo de posesión y la voluntad de dominio. Nace en el corazón del hombre por el egoísmo y la soberbia, por el odio que instiga a destruir, a encerrar al otro en una imagen negativa, a excluirlo y eliminarlo. La guerra se nutre de la perversión de las relaciones, de las ambiciones hegemónicas, de los abusos de poder, del miedo al otro y la diferencia vista como un obstáculo; y al mismo tiempo alimenta todo esto”. (Mensaje del Papa Francisco para la 53 jornada mundial de la Paz 2020)

Puentes no muros

Un cruel fratricidio -la guerra- que destruye cualquier proyecto de fraternidad, proyecto que llevamos inscrito en nuestra vocación personal y colectiva. La búsqueda de la paz nos urge a construir una verdadera fraternidad, basada en nuestro común origen en Dios: si somos hijos entonces también hermanos y hermanas, y la fraternidad pasa necesariamente por los caminos de la confianza recíproca, de la escucha y del diálogo.

Por ello, el camino hacia la paz pasa por cultivar un convencido sentimiento de pertenencia a nuestra única y común humanidad. Estamos siempre invitados a reconstruir el sentido de las relaciones que hacen bella la experiencia humana. Construir puentes no muros que nos permitan comprender y fecundar las diferencias; puentes para escucharnos, comprendernos y trabajar juntos en valores comunes, para reconciliar y reconciliarnos. Es lo que hace Jesús. Él abrió los brazos para abrazar a todos (Efesios 2, 13-18), la paz pasa por la cruz. Exigente.

El diálogo y la escucha hacen crecer el conocimiento del otro, la estima y la confianza recíproca; crean vínculos entre las personas y en las comunidades. No se puede alcanzar la paz si no hay diálogo y escucha entre personas que buscan la verdad más allá de las propias sensibilidades, ideologías, opiniones diferentes.

“Se trata de abandonar el deseo de dominar a los demás y aprender a verse como personas, como hijos de Dios, como hermanos. Nunca se debe encasillar al otro por lo que pudo decir o hacer, sino que debe ser considerado por la promesa que lleva dentro de él. Sólo eligiendo el camino del respeto será posible romper la espiral de venganza y emprender el camino de la esperanza”. (Mensaje 53 jornada mundial de la Paz)

Cambiar la mirada

Todo un desafío: reconocer en el enemigo el rostro de un hermano, hijo del mismo Dios y a quien estoy unido por un vínculo de fraternidad. El rostro por encima de la máscara o de la ideología, ver y vernos como hermanos sin encerrar al otro en una etiqueta. Un aprendizaje nada fácil.

Un cambio convencido en la mirada puede hacer milagros, produce cambios en el corazón, en las convicciones, en las relaciones; cambios que nos abren a la acogida del otro y al encuentro. “La cultura del encuentro entre hermanos y hermanas rompe con la cultura de la amenaza. Hace que cada encuentro sea una posibilidad y un don del generoso amor de Dios. Nos guía a ir más allá de los límites de nuestros estrechos horizontes, a aspirar siempre a vivir la fraternidad universal, como hijos del único Padre celestial”. (Mensaje 53 jornada mundial de la Paz)

La paz, en efecto, brota de las profundidades del corazón humano y la voluntad política siempre necesita revitalización, para abrir nuevos procesos que reconcilien y unan a las personas y las comunidades”. (Mensaje 53 jornada mundial de la Paz) La paz que brota de los corazones pacificados, ¿puede influir en las voluntades políticas? ¿Cómo podemos influir en las decisiones políticas revitalizándolas para que sean políticas de paz? ¿Cómo pasar del corazón a las relaciones interpersonales y de estas a lo global o estructural?  

Cultura de paz

Fomentar la cultura de paz y la cultura del encuentro, podrían ser dos pistas de acción entre tantas otras posibles. Siempre es posible implicarse en las transformaciones sociales mediante pequeños compromisos, acciones, opciones. Un “pequeño” gesto de solidaridad recibido puede inspirar otras decisiones, opciones valientes capaces de despertar y poner en marcha nuevas energías, capaces de mantener vivo el fuego de la esperanza en personas y comunidades.

La encarnación del Hijo de Dios en nuestra humanidad es siempre un motivo de esperanza y nuestra tarea es hacer brotar semillas de bien y de paz por pequeñas que parezcan; descubrir y acompañar las que otros puedan plantar para trabajar en la misma dirección: la dirección del Reino de Dios. Frente a tantas semillas tóxicas de violencia, de odio, de enemistad, de mentiras… será necesario plantar otras para que el fruto sea más humano, semillas portadoras de reconciliación y de paz.

En septiembre de 1999, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la “Declaración y Programa de Acción sobre una Cultura de Paz”. Cultura que podemos describir como el conjunto de valores, actitudes y comportamientos que reflejan respeto a la vida y a la igual dignidad de todos los seres humanos y pone en primer plano los derechos humanos, el rechazo a cualquier forma de violencia y la adhesión a los principios democráticos de libertad, justicia, solidaridad y tolerancia.

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