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P. Carlos Collantes sx 31 Octubre 2024 3408

38. LAS RELIGIONES Y LA PAZ


Hace ya unos años, el célebre teólogo Hans Küng escribía: “No hay paz mundial sin paz entre las religiones. No hay paz entre las religiones sin diálogo entre las religiones.”

El Papa Francisco ha participado en el 7º Congreso de líderes de Religiones Mundiales y Tradicionales, tenido a mediados de septiembre en Kazajistán y en su discurso final decía: “El camino del diálogo interreligioso es un camino común de paz y por la paz, y como tal, es necesario y sin vuelta atrás. El diálogo interreligioso ya no es sólo una posibilidad, es un servicio urgente e insustituible para la humanidad, para alabanza y gloria del Creador de todos”.

En principio no hay conexión entre la religión, entendida como relación auténtica con lo Absoluto, y la violencia. Pero, ahí está la historia que evidencia desgraciadamente lo contrario. Cierto es que la religión puede ser instrumentalizada por el poder político o por nacionalismos extremistas de distinto signo. También en nuestros días se puede llegar a matar en nombre de Dios. Algo aberrante.

Extirpar el odio

Hace algo más de un año, el Papa Francisco en la ceremonia de clausura del encuentro de oración en Roma, organizado por la Comunidad de San Egidio, “Pueblos Hermanos, Tierra Futura. Religiones y culturas en diálogo”, decía:

“Es nuestra responsabilidad, queridos hermanos y hermanas creyentes, ayudar a extirpar el odio de los corazones y condenar toda forma de violencia. Con palabras claras, exhortamos a deponer las armas, a reducir los gastos militares para proveer a las necesidades humanitarias y a convertir los instrumentos de muerte en instrumentos de vida. Que no sean palabras vacías, sino peticiones insistentes que elevamos por el bien de nuestros hermanos, contra la guerra y la muerte, en nombre de Aquel que es la paz y la vida. Menos armas y más comida, menos hipocresía y más transparencia, más vacunas distribuidas equitativamente y menos fusiles vendidos neciamente. Los tiempos nos piden que seamos voz de tantos creyentes, personas sencillas e inermes cansadas de la violencia, para que quienes tienen responsabilidades por el bien común no sólo se comprometan a condenar las guerras y el terrorismo, sino también a crear las condiciones para que no se extiendan”.

En el anterior artículo hablábamos de la necesidad de cambiar y educar la mirada. En el precioso documento firmado el 4 de febrero de 2019 en Abu Dabi entre el Papa Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar Ahmad Al-Tayyeb, podemos leer: “La fe lleva al creyente a ver en el otro a un hermano que debe sostener y amar. Por la fe en Dios, que ha creado el universo, las criaturas y todos los seres humanos -iguales por su misericordia-, el creyente está llamado a expresar esta fraternidad humana, protegiendo la creación y todo el universo y ayudando a todas las personas, especialmente las más necesitadas y pobres”.

Valores y actitudes

Un documento que habla con frecuencia -sin describirla- de la cultura. La cultura es como “una matriz de sentido”, una manera de estar y vivir en el mundo, una visión de la vida propia de un grupo social que implica un conjunto de valores que se traducen en actitudes y se concretizan en pautas de comportamiento, las culturas responden a la necesidad de supervivencia, de convivencia y de sentido que tenemos los humanos. De ahí la importancia de los ideales y los valores que deben regir las relaciones humanas y entre los pueblos.

Así, cuando el Papa habla de cultura del encuentro, del diálogo, de la colaboración, del conocimiento recíproco, de la tolerancia, de la convivencia, de la paz… en el fondo, es una invitación a cultivar todos estos valores y actitudes tan necesarios para la convivencia humana y que nos humanizan.

Por eso, el documento denuncia con vigor el INTEGRISMO y el FUNDAMENTALISMO como enemigos de la convivencia y de la paz: “… declaramos –firmemente- que las religiones no incitan nunca a la guerra y no instan a sentimientos de odio, hostilidad, extremismo, ni invitan a la violencia o al derramamiento de sangre. Estas desgracias son fruto de la desviación de las enseñanzas religiosas, del uso político de las religiones y también de las interpretaciones de grupos religiosos que han abusado -en algunas fases de la historia- de la influencia del sentimiento religioso en los corazones de los hombres para llevarlos a realizar algo que no tiene nada que ver con la verdad de la religión, para alcanzar fines políticos y económicos mundanos y miopes. Por esto, nosotros pedimos a todos que cese la instrumentalización de las religiones para incitar al odio, a la violencia, al extremismo o al fanatismo ciego y que se deje de usar el nombre de Dios para justificar actos de homicidio, exilio, terrorismo y opresión. Lo pedimos por nuestra fe común en Dios, que no ha creado a los hombres para que sean torturados o humillados en su vida y durante su existencia. En efecto, Dios, el Omnipotente, no necesita ser defendido por nadie y no desea que su nombre sea usado para aterrorizar a la gente”.

Ídolos y fanatismo

Integrismos y fundamentalismos violentos suponen una falsificación del verdadero rostro de Dios, pues, ¿cómo se puede perseguir a otros creyentes -o no creyentes- incluso llegar a matar en el nombre de Dios? Podemos preguntarnos: ¿Quiénes así actúan lo hacen en el nombre del Dios compasivo y misericordioso o más bien en el nombre un ídolo?

NO en el nombre de Dios. Porque parecen seguir al dios que ellos se han creado a su propia imagen, a imagen de la estrechez de su mente, de sus miedos, de su violencia, de su fanatismo. Y “el fanatismo es la muerte de la inteligencia” (Gandhi), y la inteligencia también es un don de Dios. A veces el creyente cae en la tentación o en la trampa de querer defender los derechos de Dios, de manera violenta (Lucas 9, 51-56). Ya nos lo recuerda el “antiguo” mandamientos: “no tomará el nombre de Dios en vano”. ¿Hay una manera más cruel de tomar el nombre de Dios en vano que utilizarlo para matar a un hermano?

Volviendo al encuentro celebrado en Kazajistán, el Papa decía: “En realidad, las religiones no son un problema, sino parte de la solución para una convivencia más armoniosa. La búsqueda de la trascendencia y el valor sagrado de la fraternidad pueden, en efecto, inspirar e iluminar las decisiones a tomar en el contexto de las crisis geopolíticas, sociales, económicas y ecológicas -pero, en la raíz, espirituales- que atraviesan muchas instituciones en la actualidad, también las democracias, poniendo en peligro la seguridad y la concordia entre los pueblos. Por tanto, necesitamos la religión para responder a la sed de paz del mundo y a la sed de infinito que habita en el corazón de todo hombre.

… vemos que nuestros días están aún marcados por el flagelo de la guerra, por un clima de discusiones exasperadas, por la incapacidad de dar un paso atrás y tender la mano al otro. Se necesita un sacudón y se necesita, hermanos y hermanas, que venga de nosotros. Si el Creador, a quien dedicamos la existencia, ha dado origen a la vida humana, ¿cómo podemos nosotros, que nos profesamos creyentes, consentir que ésta sea destruida? Y, ¿cómo podemos pensar que los hombres de nuestro tiempo -muchos de los cuales viven como si Dios no existiera- estén motivados a comprometerse en un diálogo respetuoso y responsable, si las grandes religiones, que constituyen el alma de tantas culturas y tradiciones, no se comprometen activamente por la paz?

Dios es paz y conduce siempre a la paz, nunca a la guerra…”  

Que la fe en Jesucristo Resucitado nos lleve a ser hombres y mujeres constructores de paz.

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