39. POR CAUSA DE JESÚS
Cuando oímos hablar de persecuciones, de asesinatos, de martirios por ser cristianos, uno se hace preguntas y estremece. Suena fuerte hablar hoy de martirio y pareciera algo de épocas pasadas, de tiempos de mayor intolerancia. Y, sin embargo, sabemos que en numerosos lugares hay cristianos que están siendo perseguidos por su fe, por su adhesión a Jesús; ciertamente, otros -creyentes y no creyentes- son perseguidos por su compromiso en favor de la justicia y de los marginados y descartados, perseguidos por poderes arbitrarios porque desenmascaran, denuncian, molestan.
“Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”. Así formula Mateo la última y más larga de las bienaventuranzas, una sola -según algunos biblistas- con dos maneras distintas y complementarias de expresión.
Centralidad de Cristo
Es la única formulada en segunda persona. Las otras bienaventuranzas están formuladas en tercera persona, aquí nos encontramos con un lenguaje más directo: dichosos vosotros, encontramos una interpelación directa al seguidor de Jesús. Es decir, lo determinante o significativo es el motivo por el que sufren: “por mi causa”, “por causa del Hijo del hombre”. Estamos, por tanto, ante una opción decidida por el seguimiento de Jesús (Lucas 12, 8-9).
La bienaventuranza se refiere a quienes sufren por su fe, lo cual significa que en el centro de la bienaventuranza se encuentra la adhesión plena y convencida a Cristo, el seguimiento fiel del Maestro cueste lo que cueste, a cualquier precio, incluso a riesgo de perder la propia vida. Así lo testimonian abundantes textos evangélicos: Lucas 9, 24-26 y Mateo 10, 16-39. Y es esto lo que la hace distinta de las otras bienaventuranzas, en esta aparece la centralidad de Cristo, la identificación con él.
Siendo Jesús el mejor testigo de la bondad de Dios y de su proyecto de amor y fraternidad que el evangelio llama Reino de Dios, se convierte en el modelo supremo de mártir al entregar la propia vida por amor y libremente. Como el mismo dice: mi vida nadie me la quita, yo la doy voluntariamente (Juan 10, 17-18).
Rechazo y cruz
Jesús buscó en todo momento ser fiel al proyecto humanizador y fraterno de Dios y ofrecer dignidad y esperanza a todos los oprimidos, a quienes vivían en los márgenes del sistema social, político, religioso. No buscó la cruz por la cruz ya que su proyecto pretendía superar las numerosas cruces de la humanidad. Su muerte, su martirio es el resultado histórico del rechazo de su mensaje y de su vida por quienes no quisieron aceptar el Reino de Dios. Hablando en términos teológicos o espirituales decimos que murió por nuestros pecados y los del mundo entero, para redimirnos de ellos; pero en términos históricos sabemos que fueron los poderes políticos y religiosos confabulados quienes decidieron su muerte y le ajusticiaron cruelmente en una cruz.
El Apocalipsis, redactado hacia el año 95, llama al Crucificado "mártir fiel" o "testigo fiel". Desde la cruz, Jesús se nos presenta como testigo fiel del amor de Dios y también de una existencia identificada con los últimos. No hemos de olvidarlo. Se identificó tanto con las víctimas inocentes que terminó como ellas. Su palabra molestaba. Había ido demasiado lejos al hablar de Dios y su justicia. Ni el Imperio ni el Templo lo podían consentir. Había que eliminarlo.
Ya desde el principio de su misión, Marcos nos dice: “Nada más salir de la sinagoga, los fariseos se pusieron a planear con los herodianos el modo de acabar con Jesús” (3, 6). Una constante durante todo el ministerio público de Jesús, hasta el final: “Por su parte los sumos sacerdotes y los letrados intentaban quitarlo de en medio, y lo mismo los notables del pueblo, pero no encontraban modo de hacer nada, porque el pueblo entero estaba pendiente de sus labios” (Lucas 19, 47-48).
Testigos fieles
En los textos bíblicos encontramos una unidad profunda entre el destino de Jesús y el de sus discípulos, y así nos lo recuerdan numerosos textos. He aquí algunos: Mateo 10, 16-39 Lucas 21, 12-19. Los que siguen a Jesucristo están invitados o urgido a vivir como él, siendo testigos fieles de su evangelio. Ya desde el principio de la época cristiana, el martirio significó dar la vida en unión con Cristo que entregó la suya por amor. En este sentido "mártir" o "testigo" tienen la misma significación.
El martirio está relacionado con el amor, con la entrega de la propia vida y con el servicio al Reino; el martirio nos sitúa, por ello, en el centro o en el núcleo de la fe: el amor, la entrega, el servicio siguiendo los pasos de Jesús.
El mártir es la expresión del amor más grande, su gesto concentra toda una vida entregada para trasparentar a Cristo. Al igual que el grano de trigo (Juan 12, 23-26) el mártir muere para dar vida, como Jesús mismo, y siguiendo la misma lógica: nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos… (Juan 15, 12-15).
Pero, mártir no es solo la persona, el creyente que entrega su vida de manera heroica hasta el derramamiento de la propia sangre por amor, es también quien vive dando testimonio de Jesús, del evangelio en una sociedad o en una cultura que vive de espaldas al evangelio de Jesús; mártir es quien vive en permanente actitud de fidelidad y disponibilidad al proyecto de Dios. Y ello es así porque la palabra mártir significa testigo y todos estamos invitados o urgidos por Jesús a ser testigos suyos. De alguna manera, todos los seguidores de Jesús estamos llamados a ser mártires, en sentido amplio, ya que mártir significa testigo; puede sonar fuerte, pero esta es la lógica evangélica. Fuera de nuestros ambientes, en nuestra sociedad ¿qué encontramos: rechazo o indiferencia?
Horizonte de esperanza
Los mártires son capaces de generar y alumbrar un futuro nuevo; con su no-violencia indican el camino hacia un horizonte de reconciliación y de fraternidad; con su entrega generosa y sorprendente, con su adhesión a Dios y a Jesús como único valor absoluto más importante que la propia vida terminan por interpelar a quienes los persiguen o quitan la vida, e incluso al conjunto de la sociedad. En ese sentido son semilla de un futuro mejor, más fraterno y reconciliado.
En la película “De dioses y hombres” hay una profunda conversación entre el abad y uno de los hermanos que experimenta el miedo y el sinsentido de quedarse allí esperando a que los maten, la posibilidad bien real del martirio ni le seduce ni le entusiasma. El abad le dice: “sí, quedarse aquí es una locura, igual que la de hacerse monje… pero recuerda, tu vida ya la has entregado a Cristo hace mucho cuando decidiste dejarlo todo por él” Y el abad añade: “Uno se hace mártir por amor, por fidelidad y la muerte si llega será a pesar nuestro porque hasta el final intentaremos evitarla… nuestra misión aquí es ser hermanos de todos… y recuerda que el amor es pura esperanza, que el amor lo soporta todo”.
El horizonte de las bienaventuranzas es el Reino, una sociedad distinta, más humana, solidaria, fraterna, con relaciones diferentes; una convivencia distinta no construida con nuestras lógicas humanas, nuestra pequeña sabiduría, nuestro sentido común, con algunos de nuestros valores culturales, sino con la “locura de la cruz”, con la lógica de Jesucristo. Y horizonte implicar caminar hacia la utopía del Reino predicado por Jesús -el testigo fiel- y encarnado en su vida.
