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P. Carlos Collantes sx 17 Febrero 2025 515

40. SIN MEMORIA NO HAY ESPERANZA


El título está tomado de una homilía del 30 de enero de 2017 del Papa Francisco comentando el texto de Hebreos 11, 32-40. Entre otras reflexiones, señalaba:

La mayor fuerza de la Iglesia se ve principalmente en las pequeñas Iglesias perseguidas, más aún que en las grandes manifestaciones de fe”.

Lamentó que “los medios de comunicación no lo digan porque no es noticia, pero muchos cristianos en el mundo de hoy son bienaventurados porque son perseguidos, insultados, encarcelados. ¡Hay tantos en la cárcel, sólo por llevar una cruz o confesar a Jesucristo!”.

Esta es la gloria de la Iglesia y nuestro apoyo y también nuestra humillación: nosotros que tenemos todo, todo parece fácil para nosotros y si nos falta algo nos quejamos… ¡Pero pensemos en estos hermanos y hermanas que hoy, en mayor número que en los primeros siglos, sufren el martirio!”.

Y nosotros es cierto, y también justo, estamos felices cuando vemos un gran acto eclesial, que ha sido un gran éxito, los cristianos que se han manifestado… ¡Y esto es hermoso! ¿Esta es la fuerza? Sí, es fuerza. Sin embargo, la mayor fortaleza de la Iglesia en la actualidad se encuentra en las pequeñas Iglesias, pequeñas, con poca gente, perseguidas, con sus obispos en la cárcel. Esta es nuestra gloria ahora, esta es nuestra gloria y nuestra fuerza hoy”.

Una Iglesia sin mártires –me atrevo a decir– es una iglesia sin Jesús”, afirmó el Papa, que nos invita a rezar “por nuestros mártires que sufren tanto… por aquellas Iglesias que no son libres de expresarse”: “Son ellas nuestra esperanza”.

La sombra de la cruz

Para comprender bien las bienaventuranzas tenemos que mirar a Belén y a la cruz; ambos tienen lugar en la periferia. Se da una inversión clara de nuestra imagen de Dios, pero también de nosotros mismos, de lo que significa ser persona de verdad, de manera plena y realizada, porque suponen la irrupción de otros valores y criterios para vivir, como la sencillez, la pequeñez, la bondad, el servicio; no es el poder o las riquezas lo que nos hace más humanos o mejores personas. En Belén se anticipa toda la lógica y sensibilidad de Jesús y de las bienaventuranzas, porque Belén es la revelación de la bondad, la ternura de Dios, y del camino que conduce a la paz.

Es significativo que la Iglesia haya situado la memoria del primer mártir Esteban, el día después de Navidad. La sombra de la cruz se proyecta ya sobre Belén, sobre el niño que nace y sobre quienes, como Esteban, le siguen -y seguirán- de manera fiel y valiente, sostenidos por la sabiduría del Espíritu. Descubrimos en Esteban un proceso de identificación plena con Jesús, muere como él: confiando su espíritu, su vida a Dios e invocando el perdón para sus perseguidores.

Desde el primer momento, los discípulos han sido perseguidos: Herodes, la Sinagoga, Roma. Una persecución fecunda porque los dispersados fueron anunciando el evangelio por los caminos del Imperio romano.

Juan, al igual que los otros evangelistas, nos lo recuerda (16, 1-3). Los primeros cristianos fueron expulsados de la sinagoga tras la ruptura dolorosa -porque atravesaba el seno de las propias familias (Mateo 10, 21-22)- entre quienes comienzan a declararse seguidores de Jesús y los dirigentes religiosos del pueblo de Israel que decretan la expulsión de la sinagoga de los primeros cristianos.

Criterios opuestos

La fe cristiana, coherentemente vivida, no admite ningún absoluto fuera de Dios, fuera de Jesús: “si alguno me ama más que… no es digno de mi” (Mateo 10, 37-39). Por ello, es y será siempre una instancia crítica o profética.

En nuestro mundo marcado por numerosas y dolorosas injusticias, por tantos sufrimientos evitables, la persecución se convierte en compañera inseparable de quienes luchan en favor de la justicia. Por eso cuando alguien motivado por su fe en Jesús se implica en la defensa de los Derechos Humanos, de la justicia, de la dignidad del oprimido y es perseguido, entonces no hay diferencia -pienso- entre ser perseguido por la justicia y por causa de la fe en Jesús, porque a Dios le interesa todo lo humano, sobre todo la dignidad de sus hijos.

Los profetas ayudan a que la historia sea más humana. La historia se empobrece cuando se silencia su voz, porque es la voz de quienes desafían la realidad presente y apuestan por la novedad de otros valores: los del evangelio, los del Reino, y que Jesús encarnó en sus palabras y en sus gestos sanadores y liberadores que devolvían la dignidad a tanto hermano herido y humillado.

El rechazo del testigo “molesto”, del discípulo fiel a Cristo por un mundo enemigo de Dios es una señal de la autenticidad de su misión. Si no se diera tal conflicto, rechazo o enemistad sería legítimo preguntarse si no hemos traicionado el mensaje evangélico. Ya que el evangelio con sus lógicas, criterios, valores, praxis concretas -todo esto derivado del estilo de vida de Jesús, de sus palabras y de sus gestos- choca con otros criterios opuestos al Reino de Dios, opuestos a su proyecto salvífico; son los criterios que el evangelio, sobre todo el de Juan, llama criterios del “mundo”. Jesús ya nos previno: “Si el mundo os odia, sabed que me han odiado a mí antes que a vosotros…” (Juan 15, 18-25)

Fidelidad

La palabra mundo, no se refiere a la humanidad, está claro, porque el mismo evangelista Juan nos dice: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único…” (3, 16-17); se refiere más bien a las lógicas o realidades humanas opuestas a Dios y a su enviado Jesucristo. Y en este sentido, “mundo” -o espíritu mundano- puede estar también dentro de la misma Iglesia, de sus instituciones, estructuras o personas. Nos lo recuerda el Papa Francisco.

La persecución, señal de autenticidad, puede ser también, y a veces lo es, una invitación a la fidelidad ya que no todo rechazo de la Iglesia es rechazo del evangelio. Hay que distinguir siempre de donde viene la persecución y porque motivos o causas. Si la persecución proviene del poder establecido que se siente incómodo o puesto en cuestión con las voces proféticas que recuerdan la necesidad de la justicia, de la libertad de conciencia o reclaman el respeto de la dignidad de los vulnerables y marginados entonces la persecución es signo de coherencia, de fidelidad al evangelio, de estar en el buen camino, al lado de quienes hay que estar: defendiendo al pobre, al oprimido fieles a las preferencias de Dios mismo (“La alegría del evangelio”, 198).

Valentía y serenidad

Pero si el rechazo o la crítica vienen del pueblo sencillo (o de no creyentes) a causa de la mala imagen que la Iglesia da, a causa de escándalos, de comportamientos rechazables, de alianzas con los poderosos de turno… entonces el rechazo o la persecución son una invitación a la conversión, a la fidelidad al mensaje evangélico. Son críticas o persecuciones siempre purificadoras que nos urgen a discernir, a cambiar el rumbo, a pedir perdón; una interpelación a la autenticidad.

El cristiano no puede ser asimilado por la sociedad en que vive hasta el extremo de pasar totalmente desapercibido, -no olvidemos la invitación a ser luz y sal- ya que eso iría en contra de su misma existencia cristiana, siempre estimulada a dar testimonio de su fe a través de una determinada conducta que exprese los valores en los que cree y que orientan su existencia. Todo esto puede complicar la vida.

La defensa de la propia fe debe hacerse siempre con respeto y mansedumbre, iluminados por el mandamiento del amor, incluido al enemigo, excluyendo actitudes y comportamientos violentos. La buena conciencia motiva a hablar con la libertad de los hijos de Dios, con valentía y serenidad, con claridad y caridad.

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