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Alex Brai, sx y Benedetta Jongrak Donoran (Tee) 06 Enero 2025 970

MISIONEROS ENTRE LOS POBRES


El mandato misionero de Jesús nos hace comprender claramente que, como misioneros y enviados, estamos llamados a anunciar la Buena Nueva. El objetivo de nuestro anuncio es dar a conocer a Cristo, especialmente entre aquellos que aún no han oído hablar de él. Los documentos de la Iglesia, así como los de cada Congregación Misionera, incluida la de los Misioneros Javerianos, confirman lo que nos dice el Evangelio: "Id por todo el mundo a anunciar mi Palabra".

Esta certeza del mandato misionero me hizo entrar un poco en crisis, hasta el punto de que me planteé algunas preguntas que ahora os dirijo a vosotros: “¿Estoy haciendo algo mal? ¿No estoy cumpliendo plenamente con mi mandato misionero? ¿Estoy quizás fuera del carisma misionero? ¿Estoy omitiendo la prioridad del mandato misionero que es anunciar?”.

Intentaré compartir mi experiencia con vosotros, con la esperanza de poder encontrar respuesta a estas preguntas, dudas y perplejidades.

Llevo 9 años en Tailandia. Después de estudiar el idioma (en realidad, todavía estoy estudiando este idioma tan difícil), como Misioneros Javerianos, tuvimos que hacer una elección ligada a nuestro campo de trabajo misionero, los métodos, las personas a las que servir, las necesidades de la diócesis y las emergencias de la sociedad en la que hemos sido acogidos. Teniendo en cuenta todos estos factores y en comparación con la Iglesia local, tomamos la decisión de abrir nuestra comunidad javeriana en el barrio marginal más grande de la capital, Bangkok.

Es en este barrio marginal, llamado Khlong Toey, donde junto con otros padres javerianos y jóvenes laicos, tailandeses y no tailandeses, llevamos a cabo nuestro servicio misionero desde hace más de 6 años. En este tiempo, son raras las veces que hablamos explícitamente de Jesús o del Evangelio. En todo este período no ha habido ni una sola conversión por parte de las personas a las que servimos diariamente. Aparte del interés de algunos, muy pocos, que desean saber algo más sobre nuestra fe, nadie ha expresado nunca el deseo de emprender un camino de catequesis ante una posible elección.

Entonces, ¿qué hacemos aquí? ¿Y por qué seguimos aquí, a pesar de los resultados aparentemente decepcionantes, por no decir terribles, si tenemos en cuenta lo mencionado anteriormente?

Desde el inicio de nuestra llegada, como comunidad nos dijimos que nuestra prioridad es visitar y estar cerca de los más pobres de la sociedad, los enfermos, los abandonados, especialmente los niños, los drogadictos, los presos. En definitiva, aquellos a los que la sociedad ha excluido de una forma u otra o personas que, por muchos motivos, a veces de forma involuntaria y otras de forma intencionada, se encuentran viviendo situaciones que muchas veces no pueden considerarse humanas. Nuestro principal compromiso es, por tanto, el TIEMPO que dedicamos a estas personas, que para nosotros representan a Jesucristo, a quien estamos sirviendo. El tiempo que pasamos con ellos pretende ser una muestra de nuestro cariño, cercanía y apoyo. El tiempo les hace sentir que no están solos, sino que hay alguien que camina con ellos, sufre con ellos y trata de ayudarles a luchar por un futuro mejor.

En las conversaciones durante nuestras visitas diarias, el nombre de Jesús no se pronuncia mucho y ciertamente no se leen algunos pasajes bíblicos, pero lo que intentamos hacer, muy humildemente, es compartir nuestra vida que es un don, porque viene de Dios y como tal merece ser vivida al máximo. La palabra que utilizamos con más frecuencia en nuestras conversaciones es "ánimo". Nunca estamos solos, sobre todo en condiciones difíciles, siempre hay alguien que el Señor pone en nuestro camino, que es signo de esperanza.

Entre las personas con las que nos encontramos más a menudo, los niños son, sin duda, los que más necesitan ayuda para tener un futuro mejor. A través de trabajadores sociales, colaboradores, organizaciones religiosas y estatales, intentamos dar una oportunidad a muchos niños privados de sus padres, de su tiempo libre, de su derecho al estudio y de una infancia que todos los niños deberían tener.

Ésta es la respuesta a las preguntas, dudas y perplejidades iniciales. La respuesta es nuestra vida, donde en sencillez (hemos decidido vivir cerca de los pobres), sentimos que aunque no prediquemos, aunque no anunciemos explícitamente la Palabra de Dios, Jesús está entre nosotros. Sí, Jesús está presente en nuestro encuentro diario con las personas, Jesús está presente cuando nos encontramos ante casos verdaderamente difíciles y sufrientes de niños y enfermos a los que acompañamos.

Nuestro día en comunidad comienza y termina con la oración comunitaria donde, religiosos y laicos, ponemos en manos de Dios todo, el trabajo que iniciamos por la mañana y los rostros y nombres de los pobres que encontramos cada día.

Estar aquí para servir a las personas que el Señor ha puesto en nuestro camino es un regalo, una bendición que nos hace sentir colaboradores del mandato misionero que el mismo Jesús recibió del Padre y que ha llegado hasta nosotros.

 

SU AMOR HA SIDO MÁS FUERTE

Tee, una tailandesa que conoció al papa Francisco durante su visita apostólica en Tailandia, da testimonio de la alegría del encuentro que cambió su vida.

Mi nombre es Benedetta Jongrak Donoran (Tee) y nací en 1975. Fui bautizada en 2012 y ahora soy postulante en la Congregación de las Misioneras Javerianas. En mi familia todos son budistas y todos viven según las enseñanzas budistas en las que yo también creía: hacer el bien es lo que nos libera y lo que nos lleva al cielo. Los que hacen el bien recibirán el bien. 

Mientras estudiaba, a la edad de 15 años, tuve la oportunidad de ir una vez a la iglesia que está en mi pueblo. Cuando entré, vi la estatua de una mujer. No sabía quién era pero me llamó la atención su belleza y su forma de mirarme. También vi la imagen de un hombre crucificado y eso me asustó. Así fue como comencé a conocer cada vez más a María y a Jesús. Sin embargo, no creía que Jesús fuera Dios y me preguntaba cómo puede un hombre borrar los pecados de otros hombres. Tenía mucha confianza en María.

Seguí estudiando y trabajando como profesora en una escuela. A los 33 años me encontré con un misionero que trabajaba en una casa para niños discapacitados, Angels' Home, y decidí ir con él a trabajar a ese centro. Allí aprendí un poco más sobre Jesús y tuve la oportunidad de escuchar el Evangelio. Me perturbaron las exigencias de esta palabra que trabajaba dentro de mi corazón como una cuchilla. 

Una noche, en un estado de medio sueño, escuché una voz que me ordenaba: “¡Vete a trabajar a otra parte! ¡Aléjate de esta gente!”. Otra voz dijo: “¡Tee, te amo!”. Esta última voz trajo a mi corazón mucha serenidad y paz. Un año después pedí recibir el bautismo. El sacerdote se negó y me pidió que esperara un poco más. La verdad es que aún no estaba preparada para recibir el sacramento del bautismo. Lentamente llegué a darme cuenta de que el bautismo no es el fruto del mérito de uno. Lo recibimos como un regalo de Dios.

Asistí al catecismo durante otro año, y pedí con fuerza comprender la misericordia de Dios. La gracia vino a mí como una conversión del corazón. Me encontré con el amor de Dios manifestado en Jesús. 

Seguiré buscando la voluntad de Dios. Le agradezco por el gran don de su Hijo y el Espíritu Santo que iluminó mi vida y por enviar misioneros para ser testigos de su amor aquí en Tailandia. Verdaderamente, la Palabra de Dios no es simplemente una palabra escrita en un libro, sino que es una Palabra que tiene vida y da vida.

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