COLOMBIA, ENTREGA Y CALIDEZ
En abril recibimos la inesperada pero gozosa invitación por parte del P. Mario Carmelo Mula de vivir una experiencia misionera en el mes de julio, en Colombia; concretamente en el barrio de Las Orquídeas, situado en el distrito de Aguablanca, perteneciente a Cali. La propuesta consistía en ofrecer una serie de clases de refuerzo a los alumnos que presentaran más dificultades académicas aprovechando el vacacional mes de julio. La amistad forjada en los años de estancia en Murcia del P. Mario apenas nos dejó resquicio a la duda.
Una parroquia viva
La parroquia de San Francisco Javier nos acogió con la calidez colombiana y nos sorprendió gratamente la gran vitalidad que irradiaba. Por citar algunas de las actividades que semanalmente se llevan a cabo, hay un grupo bastante numeroso de laicos que se reúnen los miércoles a rezar Laudes antes de administrar la comunión a los enfermos del barrio; los viernes hay un curso de formación bíblica tras la Eucaristía a la que acude un gran número de fieles, hambrientos de la palabra de Dios; otra tarde los lectores se reúnen para leer y ensayar las lecturas del domingo siguiente y terminan compartiendo un pequeño ágape; por otro lado, hay un buen número de catequistas de comunión y de confirmación que se forman y preparan para enseñar a los niños y jóvenes que acuden a la parroquia. Es destacable el papel de Cáritas, que reparte alimentos y productos que se recogen diariamente en la misa entre más de una treintena de familias, así como diversas actividades destinadas a potenciar y vigorizar la vida parroquial. Asimismo, hay que destacar la presencia javeriana en el Hogar Nazareth que dirigen las religiosas de San José de Gerona, anexo a la parroquia.
El colegio, un refugio en el desamparo
El colegio parroquial San Francisco Javier, fundado por los misioneros javerianos, aunque en la actualidad ya no lo dirijan, anexo a la parroquia, no es sino un auténtico refugio en medio de la realidad socio-económica que el barrio presenta. No solo es una oportunidad para los cientos de niños y adolescentes que acuden a las aulas sino, sobre todo, un amparo que les resguarde de la fiereza de la violencia y de los estragos de la droga. De lunes a viernes, en horario de nueve a doce y media, nos dividimos por grupos para impartir clases de refuerzo de Lengua castellana, Matemáticas, Filosofía e Inglés. Y por las tardes creamos un taller de guitarra y otro de teatro. Tenemos que agradecer que el colegio y los jóvenes que ayudaron en la parte logística nos facilitaran mucho la labor. Fue una experiencia enriquecedora para nosotros al tener la oportunidad de conocer y de compartir aula con tantos alumnos que, a pesar de estar en sus semanas vacacionales, mostraron una actitud positiva. Por otro lado, nos resultó llamativo el poder subyugante que la globalización lleva a cabo incluso en los barrios más empobrecidos pues había ciertas actitudes calcadas a los alumnos que podemos encontrar en las aulas de Murcia (uso compulsivo del móvil, cierta apatía, excesivo afán por las apariencias…). La excelente labor que emprendieron años atrás los misioneros javerianos a través del colegio se mantiene hoy viva a través de laicos comprometidos en mantener el carisma y los valores propios de la congregación.
Una realidad ineludible
Los misioneros javerianos colaboraron décadas atrás en el desarrollo del barrio de Las Orquídeas y hoy ya goza de muchas condiciones favorables como el alumbrado o el alcantarillado. Sin embargo, es insoslayable la situación de empobrecimiento de gran parte de la población así como la violencia soterrada. Tanto antes como después de nuestra presencia se padecieron varios atentados terroristas por parte del narcotráfico, el último con decenas de víctimas mortales. Ojalá que el país pueda encontrar la senda de la paz y de la reconciliación.
Una locura evangélica
Como dice Cercas en el último libro sobre el papa Francisco titulado El loco de Dios en el fin del mundo, hay que estar muy loco —con la locura que brota y mana de la fuente evangélica— para dar la vida en contextos que a uno más cuerdo solo le darían miedo y ganas de salir corriendo. El P. Mario, junto con el resto de javerianos dispersos por los continentes, es la prueba evidente de que hoy sigue habiendo locos que se entregan a los más desfavorecidos sabiendo que reciben el ciento por uno, como pudimos comprobar en la celebración del cumpleaños y el santo en la que el amor y la alegría lo envolvieron todo. O como una tarde en la que un aguacero dejó sin luz a parte del barrio, incluida la parroquia, pero con velas, a oscuras, celebramos una inolvidable Eucaristía.
«Colombia, te quiero»
Esta frase que oímos a muchos colombianos sintetiza bien la experiencia vivida en el pasado mes de julio. Junto con la labor en el colegio y en la parroquia, también hubo tiempo para viajar a algunos lugares como el famoso santuario de Buga, Vijes o La Cumbre, siempre acompañados por amigos de la parroquia que nos mostraron una acogida, una calidez y una amistad que siempre estará en nuestro corazón. O para compartir mesa, como la de la despedida, en la que tras varias horas de preparación pausada por parte de las mujeres de la parroquia, degustamos el sancocho, plato típico del país. Esta ha sido nuestra segunda experiencia misionera, tras la vivida en 2018 en Yaundé (Camerún) con el P. Ángel de la Victoria León. Esperamos que no sea la última.
