Comienza este domingo el tiempo litúrgico del Adviento y también el nuevo año litúrgico. Y ya sabemos que el primer mensaje que brota de ambos es la invitación a preparar la conmemoración de la primera venida del Hijo de Dios hecho hombre; al mismo tiempo se nos quiere recordar que habrá segunda venida de Él mismo en poder y gloria al fin de los tiempos. Y todo ello sin perder la perspectiva del tiempo presente en el que tiene lugar la continua y misteriosa presencia de Dios en los acontecimientos diarios de la historia personal y comunitaria.
Las lecturas nos hablan elocuentemente de todo ello. Así, el profeta Isaías nos hace descubrir a Dios en medio de los hombres, a los que quiere reunir en la paz de su Reino. Caminemos –dice el profeta– a la luz del Señor (Is 2, 5). A su vez, el apóstol san Pablo nos apremia a dejar las obras de las tinieblas y a revestirnos del Señor Jesucristo (Rom 13, 12.14). Disposiciones éstas que se hacen más apremiantes aún con lo que el Señor nos dice hoy en el Evangelio, hablando de la incertidumbre de la hora y la sorpresa de la segunda venida que, para cada uno de nosotros, tiene su preludio con el final de nuestra propia vida. Quizás esta doble perspectiva puede llevarnos al desasosiego e, incluso, a la angustia, cuando el Adviento es, sobre todo, tiempo de esperanza por encima de todo.
Sólo la esperanza cristiana, especialmente presente en el Adviento, nos asegura que Dios, viene, que estamos en un estadio de marcha hacia la dicha y la patria, que Dios nos va a salvar y nos elevará, que es lo mismo que hacer realidad nuestras aspiraciones de grandeza y felicidad. Por supuesto que esta esperanza no puede ahorrar nuestro esfuerzo; lo que sí aportará es añadirle valor para hacerlo eficaz. El Adviento no es tanto cuestión de calendario –unas semanas de preparación para la Navidad–, cuanto una actitud espiritual que deberá durar todo el año, sólo que en estos días la intensificamos de un modo especial; es ésta una actitud de atención, de vigilancia, de espera activa. En este recorrido del Adviento sabemos que el propio Jesús se hace compañero de camino, puesto que su promesa es irreversible: Yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos (Mt 28,21).