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Ivanildo Quaresma 25 Diciembre 2020 1068

UNA FAMILIA SENCILLA


En medio de las festividades de la Natividad del Señor, esta fiesta de la Sagrada Familia nos viene a decir que Jesús nació en el seno de una familia, que su inicio en la vida fue como el de cualquiera de nosotros. Es un buen día para dar gracias a Dios por nuestras familias, por nuestros padres, por nuestros hijos. Formar una familia es una vocación: una llamada y un compromiso. La familia es una Iglesia doméstica, y es importante que en este día reflexionemos y miremos si es nuestra familia presencia de Dios entre los hombres. El relato del nacimiento de Jesús es desconcertante. Según Lucas, Jesús nace en un pueblo en el que no hay sitio para acogerlo. Los pastores lo han encontrado en un lugar apartado, recostado en un pesebre, sin más testigos que sus padres. Más tarde, cuando los padres se acercan al Templo con el niño, no salen a su encuentro los sumos sacerdotes ni los demás dirigentes religiosos. Dentro de unos años, ellos serán quienes lo entregarán para ser crucificado. Jesús no encuentra acogida en esa religión segura de sí misma y olvidada del sufrimiento de los pobres. Tampoco vienen a recibirlo los maestros de la Ley que predican sus "tradiciones humanas" en los atrios de aquel Templo. Años más tarde, rechazarán a Jesús por curar enfermos rompiendo la ley del sábado. Jesús no encuentra acogida en doctrinas y tradiciones religiosas que no ayudan a vivir una vida más digna y más sana. Quienes acogen a Jesús y lo reconocen como Enviado de Dios son dos ancianos de fe sencilla y corazón abierto que han vivido su larga vida esperando la salvación de Dios. Sus nombres parecen sugerir que son personajes simbólicos. El anciano se llama Simeón, la anciana se llama Ana. Ellos representan a tanta gente de fe sencilla que, en todos los pueblos de todos los tiempos, viven con su confianza puesta en Dios. Los dos pertenecen a los ambientes más sanos de Israel. Son conocidos como el "Grupo de los Pobres de Yahvé". Son gentes que no tienen nada, solo su fe en Dios. No piensan en su fortuna ni en su bienestar. Solo esperan de Dios la "consolación" que necesita su pueblo, la "liberación" que llevan buscando generación tras generación, la "luz" que ilumine las tinieblas en que viven los pueblos de la tierra. Ahora sienten que sus esperanzas se cumplen en Jesús. Esta fe sencilla que espera de Dios la salvación definitiva, es la fe de la mayoría. Una fe que Dios no tiene ningún problema en entender y acoger. La familia debe ser también escuela de vida y de visión del mundo. Debemos enseñar a nuestros hijos a reconocer a Jesús, como Simón y Ana, en las personas que nos rodean, en todos aquellos que nos encontramos cada día, y de forma especial, aquellos que más nos necesitan. Los padres tienen la obligación de enseñar a los hijos a vivir el amor de Dios en los demás; a valorar la vida por todo aquello que podemos dar, más que recibir; a entregarnos gratuitamente para crear en el mundo una comunidad de amor que manifieste el verdadero AMOR por el mundo.

 

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