Tras varios domingos siguiendo el discurso del Pan de Vida en el evangelio de san Juan, volvemos al evangelio de san Marcos, que nos guía en este año litúrgico. No sabemos cuándo ni dónde ocurrió el enfrentamiento. Al evangelista solo le interesa evocar la atmósfera en la que se mueve Jesús, rodeado de maestros de la ley, observantes escrupulosos de las tradiciones, que se resisten ciegamente a la novedad que el Profeta del amor quiere introducir en sus vidas. Los fariseos observan indignados que sus discípulos comen con manos impuras. No lo pueden tolerar: "¿Por qué tus discípulos no siguen las tradiciones de los mayores?". Aunque hablan de los discípulos, el ataque va dirigido a Jesús. Tienen razón. Es Jesús el que está rompiendo esa obediencia ciega a las tradiciones al crear en torno suyo un "espacio de libertad" donde lo decisivo es el amor. Aquel grupo de maestros religiosos no ha entendido nada del reino de Dios que Jesús les está anunciando. En su corazón no reina Dios. Sigue reinando la ley, las normas, los usos y las costumbres marcadas por las tradiciones. No piensan en el bien de las personas. No les preocupa "buscar el reino de Dios y su justicia". El error es grave. Por eso, Jesús les responde con palabras duras: "Vosotros dejáis de lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres". Los doctores hablan con veneración de "tradición de los mayores" y le atribuyen autoridad divina. Pero Jesús la califica de "tradición humana". No hay que confundir jamás la voluntad de Dios con lo que es fruto de los hombres. Sería también hoy un grave error que nosotros quedáramos prisioneros de tradiciones humanas de nuestros antepasados. Lo que nos ha de preocupar no es conservar intacto el pasado, sino hacer posible el nacimiento de unas comunidades cristianas capaces de reproducir con fidelidad el Evangelio y de actualizar el proyecto del reino de Dios en la sociedad contemporánea.
COMENTARIOS:
José Luis Sicre: Las manos sucias y el corazón limpio. Este domingo el problema no será comer el pan de Vida, sino comer con las manos sucias. Lo que en su origen fue cuestión de higiene terminaron convirtiéndolo en una cuestión religiosa.
Enrique Martínez Lozano: Del juicio a la empatía. La personalidad narcisista es incapaz de ponerse en la piel del otro y de entender mapas mentales diferentes del propio. Eso explica su notable dificultad para convivir en la diferencia.